Me desperté con la mente revuelta y el estómago vacío, incapaz de recordar tu cara, pero no tus manos. Ahogué tres pensamientos con la almohada antes de liberarme del nudo entre piernas y sábana. Me acerqué a la ventana, tratando de esquivar el absurdo reflejo que me escupía el cristal, respirando por inercia, al son de un corazón que sigue sonando hueco.
Y justo entonces se acabó la tregua que da el sueño, y comencé a echar de menos...
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